Trump ordena el veto a Anthropic en el gobierno de EEUU: ¿quién decide cómo se usa la IA militar?
La semana pasada saltó una noticia que, aunque en principio pueda parecer una disputa política más entre Washington y Silicon Valley, tiene implicaciones bastante serias para el futuro de la IA en entornos militares y de seguridad. Donald Trump anunció a través de Truth Social que ordenaba a todas las agencias federales «cesar de inmediato» el uso de las herramientas de Anthropic. No es una restricción menor, no es un aviso. Es un corte directo.
Y el tono del mensaje lo dejó bastante claro: «Los chalados de izquierda en Anthropic han cometido un error desastroso intentando presionar al Departamento de Guerra». Así, con mayúsculas y todo.
Qué ha pasado realmente entre Anthropic y el Pentágono
Para entender bien el conflicto hay que remontarse a julio del año pasado, cuando Anthropic firmó un acuerdo de 200 millones de dólares con el Departamento de Defensa de EEUU. Fue la primera gran empresa de IA en hacerlo. A raíz de ese acuerdo desarrolló modelos específicos conocidos como Claude Gov, versiones de su IA con menos restricciones que las variantes comerciales, diseñadas para trabajo clasificado dentro del gobierno.
Esos modelos funcionan a través de las plataformas de Palantir y Amazon Web Services, y según fuentes familiarizadas con el asunto, se usan principalmente para tareas cotidianas como redactar informes o resumir documentos. Pero también para análisis de inteligencia y planificación militar.
El problema llegó cuando el Pentágono quiso cambiar las condiciones del contrato original para permitir el «uso legal total» de la tecnología, eliminando restricciones específicas que Anthropic había incluido. El objetivo declarado: mayor flexibilidad operativa. La preocupación de Anthropic: que eso abriría la puerta a usar su IA para controlar armas autónomas letales o llevar a cabo vigilancia masiva de ciudadanos estadounidenses.
El detonante concreto
Lo que aceleró la confrontación pública fue una información publicada por Axios: militares estadounidenses habrían utilizado Claude para asistir en la planificación de una operación destinada a capturar al presidente venezolano Nicolás Maduro. Tras esa operación, un empleado de Palantir trasladó a mandos militares la preocupación de un trabajador de Anthropic sobre cómo se estaban usando sus modelos.
Aquí la historia se complica, porque Anthropic ha negado haber planteado objeciones ni haber interferido en el uso que el Pentágono hace de su tecnología. Sea como sea, la mecha ya estaba encendida.
El ultimátum de Hegseth y el veto de Trump
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, se reunió con Dario Amodei, CEO de Anthropic, a principios de esta semana. En esa reunión, según fuentes cercanas a la misma, Hegseth llegó a elogiar los productos de Anthropic y expresó el deseo del Departamento de Defensa de continuar trabajando con ellos. Pero también puso un plazo: hasta el viernes para comprometerse a aceptar el nuevo redactado del contrato que permitiría el «uso legal total» de los modelos.
Anthropic no cedió. Y Trump ejecutó el veto.
Eso sí, con un matiz importante: habrá un periodo de transición de 6 meses para que las agencias que actualmente utilizan herramientas de Anthropic puedan migrar a otras soluciones. Un margen que deja abierta la posibilidad de que haya negociaciones en paralelo durante ese tiempo.
Una disputa que va más allá de Anthropic
Lo interesante es que esta tensión no es exclusiva de Anthropic. Esta semana, cientos de trabajadores de OpenAI y Google firmaron una carta abierta apoyando la postura de Anthropic y criticando a sus propias empresas por haber eliminado ya las restricciones sobre uso militar de sus modelos. El CEO de OpenAI, Sam Altman, respondió internamente afirmando que la empresa comparte la postura de Anthropic en lo que respecta a vigilancia masiva y armas autónomas como «líneas rojas» que no se deben cruzar.
Tanto OpenAI como Google como xAI firmaron acuerdos similares con el Pentágono el año pasado. La diferencia es que Anthropic es la única empresa que actualmente trabaja con sistemas clasificados. Eso la convierte en el epicentro de un debate que, en realidad, afecta a toda la industria.
¿Es este conflicto tan grave como parece?
Aquí es donde la cosa se pone interesante. Algunos expertos en defensa y uso militar de IA opinan que el conflicto se ha exagerado bastante. Michael Horowitz, exsubsecretario adjunto de Defensa para tecnologías emergentes y experto en IA militar, lo resume así: «Es una disputa tan innecesaria. Se trata de casos de uso teóricos que ahora mismo no están sobre la mesa».
Y añade algo que vale la pena subrayar: en la práctica, Anthropic ha apoyado todos los usos que el Departamento de Defensa ha propuesto hasta la fecha. El desacuerdo no es sobre lo que se está haciendo hoy, sino sobre lo que el nuevo redactado del contrato podría permitir mañana.
Visto así, el choque parece más una batalla de principios —y de egos— que una discrepancia concreta sobre el despliegue actual de la tecnología. Pero eso no lo hace menos relevante. Precisamente porque estamos hablando de establecer precedentes sobre cómo se regula el uso de IA en contextos militares, los principios importan mucho.
La postura de Anthropic tiene una base fundacional
Anthropic no es una empresa cualquiera. Fue fundada específicamente con la idea de que la IA debe construirse priorizando la seguridad. En enero de este año, Dario Amodei publicó un artículo reflexionando sobre los riesgos de la inteligencia artificial avanzada, donde abordó directamente el tema de las armas autónomas:
«Estas armas también tienen usos legítimos en la defensa de la democracia. Pero son un arma peligrosa de manejar».
No es una postura de empresa tecnológica ingenua que no quiere mancharse las manos con asuntos militares. Es una posición que reconoce la utilidad de la tecnología pero exige que haya límites claros sobre cómo se usa. La cuestión es quién tiene la última palabra para fijar esos límites: ¿la empresa que desarrolla la tecnología o el gobierno que la contrata?
El nuevo Silicon Valley: de pacifistas a contratistas
Hay un contexto más amplio que no se puede ignorar. Durante años, buena parte de la industria tecnológica de Silicon Valley mantuvo una postura más o menos clara de no trabajar con el ejército. Google canceló su participación en el Proyecto Maven en 2018 tras las protestas internas de sus empleados. Era una época en la que el rechazo al trabajo de defensa se veía casi como una señal de identidad progresista en el sector.
Eso ha cambiado radicalmente. En los últimos 2 o 3 años, las grandes empresas de IA han pasado de esquivar los contratos militares a disputárselos activamente. El acuerdo de Anthropic con el Pentágono, el de OpenAI, el de Google… todos firmados prácticamente al mismo tiempo, en 2024. La guerra en Ucrania, el ascenso de China como potencia tecnológica y el cambio de administración en EEUU han acelerado ese giro de manera muy visible.
El conflicto actual es, en parte, la consecuencia lógica de esa transición. Las empresas de IA entraron en el mundo de la defensa con sus propias normas y su propia cultura. El ejército tiene las suyas. Y en algún momento esas culturas iban a chocar.
Lo que no estaba tan claro es que el choque llegara con este nivel de visibilidad, con vetos presidenciales y posts en mayúsculas en redes sociales. Pero aquí estamos.


