El Pentágono exige a Anthropic acceso total a su IA para misiones militares, y la tensión ya es máxima
El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, le ha dado un ultimátum a Anthropic: o firma un acuerdo antes del viernes que permita al Pentágono usar sus modelos de IA sin restricciones para cualquier operación militar legalmente permitida, o la empresa queda fuera de la cadena de suministro del departamento. Sin matices, sin negociación suave. Un ultimátum en toda regla.
La pregunta que me parece más interesante aquí no es si Anthropic va a ceder. Es por qué este pulso se ha llegado a producir, qué dice sobre cómo Estados Unidos quiere usar la IA en contextos militares, y qué implica para el resto del sector.
El origen del conflicto: qué quiere el Pentágono y qué se niega a dar Anthropic
El Departamento de Defensa lleva tiempo apoyándose en Claude, el modelo de IA desarrollado por Anthropic, para operaciones clasificadas. De hecho, hasta hace poco, Claude era el único modelo disponible en entornos clasificados gracias a su integración con Palantir, empresa especializada en análisis de datos para defensa e inteligencia.
El problema no es que el Pentágono quiera usar IA. Eso ya lo hace, y Anthropic lo sabe y lo acepta. El conflicto está en los límites. Concretamente en 2 cuestiones que Anthropic se ha negado a aceptar:
- Uso en misiones letales sin supervisión humana directa. Anthropic argumenta que sus modelos, por muy avanzados que sean, no son lo suficientemente fiables para tomar decisiones donde la vida humana esté en juego sin que haya un operador humano en el proceso.
- Vigilancia masiva doméstica. Aunque algunos de estos usos sean legales bajo la regulación actual, Anthropic ha pedido que se establezcan nuevas normas que regulen específicamente cómo pueden usarse los modelos de IA en este tipo de contextos.
No es una postura descabellada. Anthropic es una de las empresas del sector más activas en pedir regulación para la IA, y su CEO, Dario Amodei, ha advertido públicamente en varias ocasiones sobre los riesgos de desplegar modelos de IA en escenarios de alto riesgo sin los controles adecuados. En ese sentido, la empresa es bastante coherente con su discurso público.
El papel de Claude en operaciones reales
Lo que hace este caso especialmente relevante es que no estamos hablando de un contrato hipotético. Claude ya ha sido utilizado en operaciones reales. Según fuentes familiarizadas con el asunto, el modelo fue empleado durante la operación estadounidense en enero que llevó a la captura del líder venezolano Nicolás Maduro. Ese uso concreto generó consultas internas en Anthropic sobre el modo exacto en que su modelo había sido utilizado, lo que evidencia que la compañía no tenía pleno control ni conocimiento previo de todos los detalles operativos.
Eso, en sí mismo, ya es un problema. Y probablemente uno de los motivos por los que Anthropic ha endurecido su postura.
La amenaza de la Ley de Producción de Defensa: qué significa realmente
Hegseth convocó a Amodei en Washington el martes. En esa reunión, según una persona con conocimiento directo de las conversaciones, el secretario de Defensa puso 2 opciones sobre la mesa:
- Que Anthropic firme el acuerdo antes del viernes.
- Que el Pentágono invoque la Defense Production Act (DPA), una ley de tiempos de la Guerra Fría que permite al presidente de Estados Unidos controlar la industria privada nacional cuando lo considera necesario para la defensa nacional.
La DPA no es nueva ni exótica. La administración Trump y la de Biden la usaron durante la pandemia para gestionar la producción de suministros médicos. Trump también la ha invocado recientemente para aumentar la producción de minerales críticos. Es una herramienta con precedentes.
Pero aplicarla a una empresa de IA es otra cosa. Invocarla contra Anthropic significaría que el Pentágono podría acceder a sus modelos y tecnología sin necesidad de ningún acuerdo voluntario. Es decir, obligarlos a ceder el uso de su tecnología independientemente de su postura ética o comercial.
La ironía es que, si el Pentágono llega a ese punto, estaría reconociendo implícitamente que la tecnología de Anthropic es crítica para la defensa nacional. Lo cual contradice el otro movimiento que Hegseth está haciendo en paralelo: negociar con Google, OpenAI y xAI de Elon Musk para sustituir a Anthropic en sistemas clasificados. Grok, el modelo de Musk, ya habría dado luz verde para su uso en entornos clasificados, según un alto cargo del Pentágono.
El riesgo legal para el Pentágono
Si Hegseth sigue adelante con el ultimátum, Anthropic podría emprender acciones legales, según personas familiarizadas con el asunto. La empresa tiene actualmente un contrato de 200 millones de dólares con el Departamento de Defensa. Sacarlo de la cadena de suministro es una medida que normalmente se reserva para empresas vinculadas a adversarios extranjeros, no para compañías tecnológicas estadounidenses que simplemente discrepan sobre los límites de uso de su producto.
La fractura entre Silicon Valley y la Casa Blanca
Este enfrentamiento no es solo un desacuerdo contractual. Es el síntoma más visible de una tensión más profunda entre 2 visiones radicalmente distintas sobre qué debe ser la IA y quién debe controlarla.
Anthropic representa la corriente del sector que aboga por regulación, cautela y supervisión humana. Amodei lleva años insistiendo en los riesgos existenciales de la IA y ha sido uno de los nombres más activos en foros de política tecnológica. La empresa apoya, públicamente, marcos regulatorios más estrictos.
La administración Trump va en dirección opuesta. David Sacks, el llamado «zar de la IA» de Trump, ha tildado a Anthropic de «woke» y acusó el año pasado a la empresa de ejecutar «una sofisticada estrategia de captura regulatoria basada en alarmismo». Elon Musk ha lanzado críticas similares. No es casual que Grok, el modelo de xAI, sea el que ya tiene el visto bueno del Pentágono.
El Departamento de Defensa publicó su estrategia de IA el mes pasado. Hegseth fue explícito: «La guerra habilitada por IA y el desarrollo de capacidades mediante IA redefinirán el carácter de los asuntos militares en la próxima década.» Añadió que el ejército estadounidense «debe ampliar su ventaja» sobre adversarios extranjeros para hacer a sus soldados «más letales y eficientes.»
Es un lenguaje muy distinto al de Anthropic, que prefiere hablar de fiabilidad, responsabilidad y supervisión. No es que uno tenga razón y el otro esté equivocado en todo. Es que están operando desde marcos de valores completamente distintos.
¿Qué hay detrás de la postura de Anthropic?
Hay un argumento técnico real en la posición de Anthropic que vale la pena no ignorar. Los modelos de lenguaje de gran tamaño, incluso los más avanzados del momento, tienen un problema conocido: pueden alucinar, cometer errores factuales o tomar decisiones incorrectas en situaciones que no estaban bien representadas en su entrenamiento. En un contexto de análisis de datos empresariales, ese error tiene un coste manejable. En una misión con consecuencias letales y sin operador humano que revise la decisión, ese mismo error puede tener consecuencias irreversibles.
No es alarmismo. Es una limitación técnica documentada. Y es razonable que una empresa quiera que su tecnología no sea usada en contextos donde esa limitación puede costar vidas.
Lo que hay en juego más allá del contrato
Este conflicto tiene implicaciones que van mucho más allá de Anthropic y el Pentágono. Si el gobierno estadounidense logra forzar a una empresa privada de IA a ceder el control de su tecnología mediante la DPA, marca un precedente sobre cómo el Estado puede relacionarse con el sector tecnológico en adelante. Y no solo en Estados Unidos.
Para empresas como OpenAI o Google, que también están negociando con el Pentágono, el desenlace de este caso es una señal directa de hasta dónde puede llegar la presión gubernamental. Para el resto del mundo, es un recordatorio de que la carrera de la IA no se juega solo en laboratorios y benchmarks: también se juega en despachos, contratos de defensa y leyes de emergencia de los años cincuenta.
Lo que está claro es que la IA ya no es solo una cuestión tecnológica. Es geopolítica, es ética y, como demuestra este caso, es también una cuestión de hasta dónde una empresa está dispuesta a sostener sus principios cuando enfrente tiene al Pentágono con un reloj en cuenta atrás.


