openai promete salvar la ia pero quien salva a openai de sam altman

OpenAI promete salvar la IA… pero ¿quién salva a OpenAI de Sam Altman?

El mismo día en que OpenAI publicó un documento con sus recomendaciones de política pública para garantizar que la IA beneficie a la humanidad si algún día se alcanza la superinteligencia, The New Yorker publicaba una investigación de más de 100 entrevistas preguntándose si Sam Altman es la persona adecuada para liderar ese proyecto. La coincidencia no es casual, y la tensión entre ambas publicaciones dice mucho sobre el momento que atraviesa la compañía.

Leer las 2 cosas a la vez produce una especie de vértigo. Por un lado, OpenAI hablando de transparencia, valores democráticos y calidad de vida universal. Por el otro, exempleados y exdirectivos describiendo a su CEO como alguien con una habilidad casi patológica para decirle a cada persona lo que quiere escuchar, independientemente de si piensa cumplirlo o no.


El retrato de Sam Altman según The New Yorker

La investigación de The New Yorker no encontró, en sus propias palabras, ninguna «pistola humeante». No hay un escándalo único y devastador. Lo que sí encontró fue algo quizás más inquietante: un patrón.

Más de 100 personas que conocen de cerca cómo trabaja Altman describieron a un directivo que combina 2 rasgos raramente presentes en la misma persona: una necesidad intensa de caer bien en cada interacción y una aparente despreocupación por las consecuencias de engañar a otros. Lo resumió un exmiembro del consejo de administración con una precisión que incomoda: «El primero es un fuerte deseo de agradar a la gente, de ser querido en cualquier interacción. El segundo es una falta de preocupación casi sociopática por las consecuencias que pueden derivarse de engañar a alguien.»

Los mensajes internos revisados por la publicación, incluyendo los del exjefe científico Ilya Sutskever y del exresponsable de investigación Dario Amodei, documentaron lo que describieron como «una acumulación de engaños y manipulaciones». Ninguno de esos incidentes, tomado de forma aislada, sería necesariamente grave. El problema es que, vistos en conjunto, ambos llegaron a la misma conclusión: Altman no estaba construyendo un entorno seguro para el desarrollo de IA avanzada. Amodei lo dijo sin rodeos: «El problema con OpenAI es el propio Sam.»

Altman, por su parte, negó buena parte de las afirmaciones o dijo no recordar los episodios en cuestión. Reconoció que en el pasado ha tendido a evitar el conflicto, y atribuyó algunas de sus contradicciones públicas a que el panorama de la IA cambia constantemente. Es una respuesta que puede entenderse o puede leerse como otra forma de esquivar la responsabilidad, dependiendo de cuánto crédito le quieras dar.


Una compañía con imagen problema

Lo que está claro es que la percepción pública de OpenAI está cambiando, y no precisamente para mejor. La empresa lo sabe. Chris Lehane, su director global de asuntos públicos, confirmó al Wall Street Journal que la compañía está preocupada por el deterioro de la opinión pública sobre la IA.

Una encuesta reciente de Harvard y MIT reveló que la mayor preocupación de los estadounidenses respecto a la IA no es que se vuelva consciente ni que empiece a tomar decisiones autónomas, sino algo mucho más concreto: que el consumo energético de los centros de datos que la alimentan acabe perjudicando su calidad de vida. Es un dato que merece detenerse un momento, porque sitúa la preocupación ciudadana en un terreno mucho más material y cotidiano del que suele asumir la narrativa tecnológica.

En este contexto, The New Yorker apunta que el documento de recomendaciones de política pública publicado por OpenAI podría leerse, al menos en parte, como un intento de reconducir el debate público: hablar de semanas laborales de 4 días y fondos de riqueza ciudadana en lugar de hablar de seguridad infantil, desplazamiento laboral o moratoria a la construcción de centros de datos. No digo que sea necesariamente así, pero la coincidencia de tiempos invita a la pregunta.

La apuesta política de fondo

Hay otra variable que no debería ignorarse. Según The New Yorker, Altman ha estado lobbying de forma privada contra las leyes de seguridad en IA más estrictas. Si los demócratas recuperan el control del Congreso en las elecciones de mitad de mandato, las probabilidades de que se apruebe regulación más exigente aumentan considerablemente. Conseguir que el público compre la narrativa de OpenAI antes de ese momento no es solo una cuestión de imagen: es, potencialmente, una cuestión de supervivencia regulatoria.


Qué propone realmente OpenAI

Dejando de lado la política interna, merece la pena entender qué contiene exactamente el documento. OpenAI lo enmarca como unas «ideas iniciales para una agenda de política industrial» pensadas para «mantener a las personas en primer lugar durante la transición hacia la superinteligencia». Lo de «no tenemos todas las respuestas, ni siquiera la mayoría» es una de las frases más honestas que aparecen en el texto.

Las propuestas son, en varios sentidos, ambiciosas. Algunas incluso sorprenden viniendo de una empresa privada con ánimo de lucro.

Protección laboral y semana de 4 días

OpenAI propone implicar a los trabajadores en el diseño de los sistemas de IA que afectan a su productividad y sus condiciones laborales, estableciendo límites claros sobre usos perjudiciales. También sugiere crear un impuesto sobre el trabajo automatizado para financiar programas sociales como la Seguridad Social, Medicaid o ayudas a la vivienda.

Y luego está la propuesta de la semana laboral de 32 horas en 4 días, sin reducción salarial, manteniendo los niveles de producción y servicio. La idea es que las horas recuperadas se conviertan en una semana permanente más corta, días de vacaciones adicionales o ambas cosas. No es una idea nueva, Islandia y varios experimentos en Reino Unido ya la han probado con resultados bastante positivos, pero que venga de OpenAI le da otro recorrido mediático.

Un fondo de riqueza pública

La propuesta que quizás genera más debate es la de un «fondo de riqueza pública» que permita a todos los ciudadanos, incluidos quienes no tienen acceso a los mercados financieros, participar del crecimiento económico impulsado por la IA. Los rendimientos se distribuirían directamente a los ciudadanos, algo parecido a lo que hace Alaska con sus ingresos petroleros, aunque aplicado a escala nacional y vinculado al avance de la IA.

Cuidados, reconversión y acceso universal

A medida que la IA asuma más tareas, OpenAI sugiere redirigir a los trabajadores desplazados hacia sectores de cuidados: sanidad, atención a mayores, educación infantil, servicios comunitarios. Para que eso funcione, también propone políticas que eleven el reconocimiento económico y social de ese tipo de trabajo, históricamente feminizado y subvalorado.

Además, OpenAI apuesta por garantizar el acceso universal a la IA, algo que contrasta con el fracaso histórico de internet en ese mismo objetivo. Que ellos mismos reconozcan ese fracaso previo y lo pongan como referencia de lo que no quieren repetir es, cuando menos, llamativo.


El problema de la confianza

Todo lo anterior, desde las propuestas laborales hasta el fondo ciudadano, depende de una variable que OpenAI no puede controlar por decreto: la confianza pública. Y ahí es donde el informe de The New Yorker complica las cosas de forma sustancial.

Un investigador de OpenAI le dijo a la publicación algo que resume bien el problema: Altman «establece estructuras que, sobre el papel, lo limitan en el futuro. Pero cuando ese futuro llega y toca ser limitado, elimina la estructura que sea.»

Si eso es cierto, y hay bastante gente dentro de la propia empresa que parece creerlo, entonces el documento de recomendaciones de política pública no es un plan, es un argumento. Un argumento bien construido, con propuestas que suenan razonables y algunas que incluso suenan bien, pero que descansa sobre la premisa de que debemos confiar en que OpenAI hará lo que dice.

The New Yorker señala que Altman ha conseguido convencer en el pasado a un público tecnológicamente escéptico de que sus prioridades, aunque sean contradictorias entre sí, también son las de ellos. Lo describe como «el mayor vendedor de su generación». Algunos lo ven como una virtud en un sector que históricamente ha comunicado fatal. Otros lo ven como el núcleo del problema.

La superinteligencia, según los expertos más optimistas, podría llegar en unos 2 años. Elon Musk aguantó menos tiempo que eso en OpenAI antes de irse y empezar a criticar abiertamente el liderazgo de Altman. No digo que eso sea un indicador definitivo de nada, pero tampoco conviene ignorarlo.

Lo que está en juego no es solo la imagen de una empresa. Es la credibilidad de quienes van a decidir, en gran medida, cómo se desarrolla la IA en los próximos años. Y esa conversación acaba de volverse bastante más complicada.

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