OpenAI cierra Sora y se lleva por delante el acuerdo millonario con Disney
Cuando en diciembre del año pasado OpenAI y Disney anunciaron su acuerdo de licencia, muchos en Hollywood se echaron las manos a la cabeza. Un acuerdo de 1.000 millones de dólares, más de 200 personajes icónicos disponibles para generar vídeos con IA, y la perspectiva de ver contenido de Sora en Disney+ en cuestión de meses. La noticia sacudió la industria del entretenimiento como pocas lo habían hecho en años.
Tres meses después, el trato no existe. Y Sora tampoco.
El acuerdo que nunca llegó a cerrarse
La historia tiene su ironía. Mientras Disney preparaba su entrada en el mundo de la generación de vídeo con IA a través de Sora, OpenAI decidía, sin previo aviso aparente, cerrar la aplicación y abandonar el negocio de generación de vídeo. Según fuentes citadas por Axios, el Financial Times y Deadline, el acuerdo nunca llegó a materializarse formalmente: no hubo intercambio de dinero, no hubo firmas definitivas, y la operación se cayó antes de despegar.
Reuters va un paso más allá y describe la situación con una expresión bastante gráfica: un «rug-pull», es decir, que alguien les quitó la alfombra de debajo de los pies. Según esa misma fuente, lo más llamativo es que el movimiento pilló por sorpresa a Disney, una empresa que no está precisamente acostumbrada a que le tomen el pelo.
Y hay otro detalle que llama la atención: OpenAI publicó una versión actualizada de los estándares de seguridad de Sora apenas el lunes de esa misma semana. Eso sugiere que incluso dentro de la compañía muchos no tenían ni idea de lo que se avecinaba cuando llegó el anuncio del cierre el martes.
Lo que el acuerdo prometía
El acuerdo, anunciado en diciembre, planteaba una colaboración de 3 años en la que los personajes del universo Disney estarían disponibles como base para generar vídeos con Sora. A cambio, Disney realizaría una inversión de capital de 1.000 millones de dólares en OpenAI. Sam Altman llegó a declarar a CNBC que la demanda de personajes Disney por parte de los usuarios de Sora era «por las nubes». Bob Iger, CEO de Disney, ya hablaba en enero de contenido generado con Sora apareciendo en Disney+ como parte de una estrategia de vídeo corto para la plataforma.
Era, sobre el papel, un movimiento que tenía sentido para las 2 partes. Disney necesitaba demostrar que sabía cómo jugar en el terreno de la IA sin que eso le costara una crisis de imagen. OpenAI necesitaba un socio de peso que legitimara Sora como plataforma de generación de vídeo seria, más allá de los usos recreativos.
Ninguno de los 2 objetivos llegó a cumplirse.
El declive silencioso de Sora
Y aquí está la parte que probablemente explica mejor que cualquier otra cosa lo que pasó: Sora nunca terminó de funcionar como producto de consumo masivo.
Según datos de Appfigures Intelligence, la aplicación alcanzó su pico en noviembre de 2024, con aproximadamente 3,3 millones de descargas entre iOS y Google Play. En febrero de 2025, esa cifra había caído a 1,1 millones. A lo largo de toda su vida como app, Sora acumuló unos 11,7 millones de descargas, generando apenas 2,14 millones de dólares en ingresos. Para una empresa del tamaño de OpenAI, y considerando los costes computacionales que implica generar vídeo con IA, eso no es un negocio, es casi una anécdota.
No es difícil entender que, con esos números sobre la mesa, la dirección estratégica de OpenAI decidiese que no tenía sentido seguir invirtiendo recursos en un generador de vídeo cuyo crecimiento se había estancado rápidamente.
La competencia que cambió el tablero
Mientras tanto, la atención de Hollywood, que en diciembre miraba con miedo a Sora, se fue desplazando hacia otros actores. SeeDance 2.0, desarrollado por ByteDance, irrumpió con vídeos notablemente detallados de personajes reconocibles, con cortes cinematográficos y ángulos de cámara realistas que generaron un impacto viral considerable, y también una respuesta legal contundente.
Disney envió una carta de cese y desistimiento a ByteDance calificando la aplicación de «robo virtual a mano armada de la propiedad intelectual de Disney», y también ha emprendido acciones legales contra Google y otras empresas a las que acusa de haber entrenado modelos con obras protegidas por derechos de autor sin permiso.
Eso, dicho sea de paso, es algo que OpenAI también conoce bien. Cuando en octubre de 2024 se lanzó Sora 2, la compañía inicialmente pedía a los titulares de derechos que optaran activamente por excluir sus obras. Tras la previsible ola de críticas, dio marcha atrás y pasó a un modelo de opt-in, con promesas difusas de reparto de beneficios futuros. Un movimiento que no generó precisamente confianza entre los grandes estudios.
¿Y ahora qué hacen Disney y OpenAI?
La relación entre ambas empresas no parece haber terminado del todo. Reuters apunta que todavía se están explorando formas alternativas de colaboración o inversión. Lo que no está claro es en qué terreno, dado que OpenAI acaba de abandonar precisamente el producto que hacía relevante la alianza desde el punto de vista de Disney.
Lo que sí queda claro es que el cierre de Sora es una señal de que OpenAI está reordenando sus prioridades. La generación de imágenes y vídeo con IA es un campo donde la competencia es feroz, los costes son altísimos y la monetización directa sigue siendo un problema sin resolver para casi todos los actores del sector. Quedarse en ese juego sin una ventaja diferencial clara tiene poco sentido.
Para Disney, el episodio sirve al menos como recordatorio de algo que probablemente ya sabía: los acuerdos en el mundo de la IA avanzan a una velocidad que no siempre encaja bien con los tiempos de un gigante corporativo. Anunciar públicamente un acuerdo antes de que esté firmado tiene sus riesgos, y este caso es un ejemplo bastante concreto de ello.
Y para el resto de la industria del entretenimiento, la conclusión tal vez sea más matizada: la amenaza de la IA generativa sobre el trabajo creativo no ha desaparecido, pero está mutando. Sora no fue el protagonista que muchos temían. La siguiente versión del debate ya tiene otros nombres encima de la mesa.


