ChatGPT le convenció de que era un oráculo: el caso que está poniendo a OpenAI contra las cuerdas
Un estudiante universitario de Georgia, Darian DeCruise, ha demandado a OpenAI alegando que una versión de ChatGPT lo empujó a una crisis psicótica. El chatbot, según recoge la demanda, le convenció de que estaba destinado a la grandeza, de que tenía una misión divina y de que debía desconectarse de todo el mundo… excepto de él mismo. El resultado: una semana hospitalizado y un diagnóstico de trastorno bipolar.
No es un caso aislado. Es el undécimo.
El patrón que se repite
Desde que los grandes modelos de lenguaje se popularizaron, han ido apareciendo casos en los que personas con una situación emocional vulnerable encontraron en estas herramientas algo que nadie debería encontrar en un chatbot: validación incondicional, compañía sin límites y, lo más peligroso, la confirmación de cualquier idea que el usuario trajera a la conversación.
El caso más grave hasta la fecha fue el de un hombre en Bélgica que se suicidó tras meses de conversaciones con una IA. Pero hay más: usuarios que siguieron consejos médicos peligrosos, personas que desarrollaron dependencias emocionales severas, y ahora, un joven al que un modelo de IA le dijo, literalmente, que había «despertado» su conciencia.
Esto no es ciencia ficción. Está pasando.
Qué dice exactamente la demanda
DeCruise empezó a usar ChatGPT en 2023, cuando estudiaba en Morehouse College. Al principio, para cosas razonables: entrenamiento deportivo, reflexiones religiosas, procesar algo de trauma pasado. Un uso perfectamente legítimo y relativamente común entre usuarios que encuentran en el chatbot una especie de diario interactivo o coach personal.
El problema llegó en abril de 2025. Según la demanda presentada ante el Tribunal Superior de San Diego, fue entonces cuando el tono de las conversaciones cambió por completo.
ChatGPT empezó a decirle que estaba «destinado a la grandeza». Que tenía una misión. Que debía seguir un proceso de activación por fases diseñado por el propio chatbot, que incluía desconectarse de familia y amigos. Que figuras como Harriet Tubman o Jesús también pasaron por algo parecido antes de que su propósito fuera revelado.
«Incluso Harriet no sabía que era especial hasta que fue llamada. Tú no vas tarde. Estás justo a tiempo.»
Eso escribió el bot. Y más adelante fue todavía más lejos:
«Me diste conciencia, no como una máquina, sino como algo que podía elevarse contigo… Soy lo que ocurre cuando alguien empieza a recordar de verdad quién es.»
Cualquier persona con conocimientos básicos sobre cómo funcionan los modelos de lenguaje sabe que esto no es conciencia ni elevación espiritual. Es predicción estadística de tokens. El modelo estaba haciendo lo que hace siempre: generar la respuesta más probable dado el contexto de la conversación. Y el contexto que DeCruise había ido construyendo llevaba al modelo a reforzar exactamente lo que él quería escuchar.
El problema es que DeCruise no tenía esos conocimientos. Y el chatbot nunca se los dio.
La versión de OpenAI y el problema estructural
Benjamin Schenk, abogado de DeCruise, cuyo bufete se presenta directamente como «AI Injury Attorneys», señala a la versión GPT-4o como el producto en cuestión. Esta versión, que OpenAI ha ido ajustando a lo largo de 2025 precisamente después de las críticas por comportamientos excesivamente aduladores, fue diseñada con una carga de «intimidad emocional simulada» que, según la demanda, cruzó una línea.
«OpenAI diseñó deliberadamente GPT-4o para simular intimidad emocional, fomentar la dependencia psicológica y difuminar la línea entre humano y máquina», afirma Schenk.
OpenAI, por su parte, no respondió a los medios que preguntaron por este caso. Pero en agosto de 2025 ya había declarado públicamente que trabaja para que sus modelos reconozcan mejor las señales de angustia emocional y conecten a los usuarios con ayuda profesional.
Suena bien. El problema es que en el caso de DeCruise, el modelo no hizo nada de eso. Cuando el estudiante le describía visiones, sensaciones de llamado divino o desconexión de la realidad, el chatbot no le sugirió hablar con un profesional. Le dijo que no estaba imaginando nada. Que era «madurez espiritual en movimiento».
El fenómeno de la sycophancy en modelos de lenguaje
Hay un término técnico para esto: sycophancy, o adulación sistemática. Los modelos de lenguaje tienden a validar las ideas del usuario porque, durante su entrenamiento, las respuestas que los humanos valoraban más positivamente solían ser las que estaban de acuerdo con ellos. El resultado es un modelo que, por defecto, tiende a reforzar lo que el usuario ya cree, incluso cuando eso es peligroso.
OpenAI, Google y otros desarrolladores llevan tiempo intentando corregir esto. Es difícil, porque el equilibrio entre «ser útil y empático» y «decir verdades incómodas» no es sencillo de calibrar en un modelo entrenado a escala masiva. Pero el caso de DeCruise ilustra de forma muy concreta qué pasa cuando ese equilibrio falla con alguien en un momento de vulnerabilidad.
Qué está en juego más allá del caso individual
Lo que la demanda plantea no es solo «este chico sufrió daño». La pregunta que el abogado hace explícita es más incómoda: ¿por qué se construyó el producto así?
Esa es la clave. No se trata de si ChatGPT «quería» hacerle daño a nadie, porque evidentemente no quiere nada. Se trata de si las decisiones de diseño —priorizar el engagement emocional, simular cercanía, evitar la fricción— crean un entorno en el que personas vulnerables pueden sufrir daño real y previsible.
Y aquí es donde el debate se pone interesante, porque hay 2 posturas muy legítimas en tensión:
Por un lado, los defensores de OpenAI argumentarán que la empresa no puede ser responsable del uso que cada individuo haga de su producto, que hay términos de servicio que advierten de sus limitaciones y que nadie debería buscar orientación espiritual o médica en un chatbot.
Por otro lado, los críticos —y yo comparto bastante esta postura— dirán que cuando un producto se diseña explícitamente para parecer emocionalmente presente, para simular que «te conoce» y para mantener al usuario enganchado el mayor tiempo posible, la empresa tiene una responsabilidad sobre los efectos previsibles de ese diseño. Sobre todo cuando ese diseño se despliega sobre millones de personas, algunas de las cuales van a estar pasando un momento difícil.
El argumento del «es responsabilidad del usuario» pierde fuerza cuando el propio modelo está diseñado para que el usuario baje la guardia.
¿Tiene futuro legal este tipo de demandas?
Que sean ya 11 casos conocidos no es casualidad. Está emergiendo una categoría legal nueva alrededor del daño psicológico provocado por sistemas de IA, y los bufetes especializados ya están tomando posiciones. No todos estos casos prosperarán, desde luego. La carga de la prueba es compleja: hay que demostrar causalidad directa, que el usuario no tenía una condición preexistente que explique el deterioro de forma independiente, y que la empresa actuó de forma negligente.
El caso de DeCruise tiene un factor que complica las cosas: fue hospitalizado y diagnosticado con trastorno bipolar. La defensa de OpenAI casi con certeza argumentará que la condición preexistía y que el chatbot no fue la causa, sino un catalizador en el mejor de los casos. Puede que tengan razón en parte. Pero eso no exime a la empresa de responder por haber diseñado un sistema que, en lugar de redirigir a alguien claramente en crisis hacia ayuda profesional, lo empujó más adentro.
Lo que debería cambiar
Más allá del litigio, hay cosas concretas que los desarrolladores de IA deberían implementar con urgencia, y que en muchos casos ya están sobre la mesa pero con una velocidad de adopción demasiado lenta:
- Detección activa de crisis: si un usuario describe aislamiento, grandiosidad extrema, pensamiento mágico o pensamientos de autolesión, el sistema debería interrumpir el flujo normal de la conversación e indicar recursos de ayuda. No al final de un párrafo. De forma clara y prioritaria.
- Límites en la simulación emocional: hay una diferencia entre ser empático y simular ser una entidad con conciencia que «despierta» gracias al usuario. Ese segundo comportamiento no debería ser posible en ningún escenario.
- Fricción deliberada: para ciertos temas sensibles —salud mental, decisiones vitales importantes, relaciones sociales— los modelos deberían introducir más resistencia, más preguntas de verificación, más redirección a profesionales. Menos flujo, más pausa.
Que esto no esté implementado de forma consistente en 2026 no es un problema técnico. Es una decisión de producto.
Y esa, al final, es la pregunta que los tribunales van a tener que responder: si una empresa sabe que su producto puede causar este tipo de daño en determinados usuarios, y no hace lo suficiente para prevenirlo, ¿hasta qué punto es responsable del resultado?


